La perra que me enseñó que detrás de cada «problema de conducta» hay una emoción esperando ser escuchada.
En 2013, Noa llegó a mi vida y lo cambió todo.
Cuando la adopté no tenía ni idea de perros, y ella arrastraba muchos problemas emocionales. Entre ellos, la reactividad: cada vez que se cruzaba con otro perro, se abalanzaba a por él.
Nuestros paseos se convirtieron en el momento más tenso del día.
Pasé por varios que me enseñaron técnicas obsoletas, basadas en el control y la corrección, que solo empeoraban nuestra situación. Noa tenía más miedo, y yo más frustración. Algo no encajaba.
Así que decidí formarme. Y entendí lo que nadie me había explicado:
Noa no se portaba mal. Estaba pidiendo ayuda.
Su reactividad no era el problema: era el síntoma. Debajo había miedo, inseguridad y un sistema emocional desbordado. Cuando empecé a trabajar desde ahí —desde la emoción y no desde el síntoma—, todo cambió.
Ayudé a Noa a superar sus miedos, y en el camino encontré mi profesión y mi propia metodología.
Disfrutamos de paseos en calma y de una vida juntas que un día parecía imposible. Noa sigue siendo mi mejor maestra: cada perro que acompaño lleva un poquito de lo que ella me enseñó.
Quiero esto para mi perro